
Es evidente que desde la asunción de Hitler al poder el mundo entero veía venir la tormenta. En “Mi lucha” ya se habla de suprimir a los judíos.
Pero las potencias de entonces se mantuvieron indiferentes.
Nada se dijo de las leyes raciales, nada se dijo cuando “la Noche de los Cristales”, el barco “St. Louis” con su triste carga de casi mil refugiados, tras deambular por medio mundo, debió volver a Hamburgo, pues nadie quería a esos judíos (el gobierno de EEUU, inspirado por Joseph Kennedy, padre de John y conocido germanófilo, presionó al gobierno cubano para que no permitiera el desembarco de los refugiados),
Los aliados interceptaron informes de los Einsartzgruppen que daban cuenta de los fusilamientos en Rusia y las cantidades de víctimas, hay numerosas fotos aéreas de Auschwitz, el suicidio de Zigelboim en Inglaterra fue en vano, nadie quería escuchar el informe de los exterminios, la Cruz Roja visitaba ghettos y campos como Therezinstadt y aceptaban la palabra de los alemanes, sin escuchar a las víctimas y fue el general Patton el que dijo, al liberar Mauthausen: “Tendríamos que haber llegado dos días más tarde”, Suiza devolvió a los judíos que cruzaban sus fronteras, Suecia realizaba negocios con Alemania, la Ford era socia de la Volkswagen y hacía grandes negocios con Alemania, mientras los soldados americanos morían en África, en Italia y en Normandía, el Vaticano callaba, aunque muchos cristianos iban a las cámaras de gas como judíos, mientras aplaudía que en Dresde se hubiera consagrado una iglesia a nombre de Hitler.
El mundo sabía, el mundo era indiferente, el mundo era cómplice.
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